Si pretendiésemos entender lo que está sucediendo en el desencuentro existente entre el RB9 y el calzado Pirelli para este año, deberíamos quitarnos de la cabeza los problemas soportados con los compuestos en lo que llevamos de temporada, por Mercedes AMG, Ferrari o Toro Rosso, entre otros, porque Red Bull no ha sufrido delaminaciones ni mayor graining que otros equipos en idénticas circunstancias. Y es que a la austriaca le está fallando la elasticidad de las nuevas ruedas, su dulzura intrínseca, esa propuesta arriesgada que abordó la milanesa para dar espectáculo en 2013 y que está sonando a tiro por la culata en Milton Keynes, porque el asunto de la carcasa blanda casa malamente con esa necesidad que tienen los hijos de Adrian Newey de llevar unas suspensiones duras, en aras de que la aerodinámica del monoplaza sea totalmente eficiente.
Con vuestro permiso no me voy a entretener en explicaciones prolijas y voy a ir al grano. El neumático de competición forma parte del sistema de suspensión de los vehículos de Fórmula 1 porque asume una buena cantidad de sus funciones, amén de seguir ayudando, obviamente, a que la potencia del motor se traslade al suelo y a que gracias al rozamiento con el asfalto, el coche avance.
De Bernie se puede decir casi cualquier cosa menos que no sabe llevar su negocio. Ahí le tenemos, por ejemplo, cargando contra el flanco que aún no había entrado en combate a cuenta del sainete montado alrededor de Pirelli, los pilotos, a quienes pide que usen el cerebro para entender «cómo ganar carreras», mientras se echa a la espalda la responsabilidad última de lo ocurrido: «Le pedí a Pirelli que fabricase neumáticos que no pudiesen completar el 50% de la carrera, lo que significaría que necesitaríamos pitstops. Y eso es lo que hicieron.»
Aunque no quedan muy lejos estas otras palabras vertidas por don Bernardo al Daily Express hace tan sólo 8 dias: «Las ruedas están mal y no son lo que esperábamos de Pirelli», lo cierto es que no existe ninguna contradicción porque Ecclestone no se contradice nunca, es más, siempre lleva la razón con tal de salir en primera página.
La semana empieza cargadita de noticias. La FIA, que tardó cero coma en advertir a Williams y Caterham en pretemporada de que en Melbourne no iba a tragar con sus propuestas de acequias tuneadas para las salidas de los escapes, se ha tomado su tiempo en dejar a Pirelli sola, o mejor dicho, en lavar la imagen de Red Bull en el espinoso asunto del anunciado manoseo de las gomas italianas para Canadá.
La austriaca, claro está, lleva unos días callada (ya había hablado lo suficiente con antelación, no lo olvidemos), lo que ha originado que las recientes alusiones de Éric Boullier al respecto del mamomeo que rodea al proveedor único de neumáticos, y un miserable twit de Ferrari (si es que no se pueden hacer bromas, que las carga el diablo), hayan obrado el milagro de sacar a los chicos de Todt de su zulo para proclamar que el artículo 12.6.3 del reglamento técnico sigue vigente (sic), como si fuese éste el tema a debate.
Uno de los aspectos más cachondos de discutir sobre Fórmula 1 reside en encontrar un punto de encuentro en el cual apoyarse para concertar un acuerdo, o para avanzar o en su caso retroceder, ya que mal que queramos, nuestro amado deporte es un señor que peina muchas canas si tomamos como cierto que nació en 1950, y un anciano venerable si miramos a nuestra espalda para verlo irrumpir ruidosamente en los albores del siglo XX.
En todo caso, creo que podemos convenir en que ha pasado mucho tiempo desde que hay deporte sobre el que discutir, y en que éste no ha reparado en gastos a la hora de cambiar su aspecto e idiosincrasia, modificando con sus impertinencias las diferentes etapas que jalonan la historia de la F1.
El uso de la psicología en la Fórmula 1 es desde siempre, algo que me apasiona. Todos mienten en el paddock, todos guardan sus cartas y enseñan la mano que conviene en cada momento mientras ocultan la otra…
Ferrari está haciéndose notar en esto del affaire Pirelli, precisamente por el celo que está poniendo en situarse en un segundo plano desde que comenzara el acoso a la milanesa antes de Bahrein. En apariencia el asunto no va con ella y si se la menciona, son otros los que lo hacen, como por ejemplo Jaime Alguersuari o Éric Boullier, quienes situaban hace un par de días a la de Maranello, precisamente en el lado de los chicos buenos que han hecho los deberes en invierno y pretemporada.
En la vida de todo ser humano hay lugares a los que éste vuelve tarde o temprano. El pueblo, la calle donde se aprendía a patear el balón o a acunar a las muñecas, las puertas del colegio, su patio, la universidad, la adolescencia o la niñez entera… El circuito de Mónaco es ese lugar sagrado al que siempre retornamos los aficionados para descubrir cada año que la Fórmula 1 sigue existiendo, tal como la vivimos, sufrimos o soñamos, tal cual se significa cada ciclo solar: reluciente a pesar de las canas que ciñen su cabeza.
Dicen que el Mundial no tendría sentido sin la carrera de El Principado, y que por ello la mantienen contra viento y marea a pesar de disputarse en una ratonera cada vez más angosta. Es cierto que sus calles no menguan, si acaso se han anchado con el paso de los años, pero los que casi no caben en ellas son los modernos monoplazas: largos, sutiles, afinados para no correr corriendo, para ofrecer el espectáculo más lento de toda la temporada.
Las vibraciones que ofrece McLaren son cada vez más inquietantes, o a mí me lo parece. Sea por la intervención de Pirelli o sencillamente porque el MP4/28 ha nacido malparío, el asunto con la de Woking pinta cuando menos raro de narices porque para estas alturas, no se debería sentir tanto la ausencia de Lewis Hamilton. Y es que de Stevenage, aunque las cosas no pintaran mejor que ahora en algunos momentos de la historia reciente de la plateada, tenía su puntito de gallo alocado que quitaba todos los malos sabores de la boca, y aquí Jenson sigue sin poder o saber dar el callo.
Sergio Pérez es un recién llegado, pero el de Frome ya lleva su tiempo en Woking. Ha estado a las duras y a las maduras desde que aterrizara en la segunda escudería con más tradición del campeonato, allá como en 2010. En su costal hay etapas negras, muy negras, como aquel 2008 que pasó en Honda, y otras llenas de mieles aunque no cuajara el asunto (2004), y aún otras deslumbrantes y repletas de alegrías, tal que el mundial que ganó con Brawn GP en 2009.
Por suerte lo he dejado escrito en este blog y bastantes veces, con lo que cuando Red Bull termine consigo misma, que lleva camino de hacerlo, me sentiré el hombre más satisfecho del mundo, ya que la austriaca, como predije, se ha enfocado ultimamente a arruinar la vida y milagros de Sebastian Vettel y su propia y breve historia en F1, perseverando en esa moñez de hoy enmarcarse como la más honesta escudería y mañana, posicionarse como el más feroz hombre del frac.
Su modelo publicitario pasa por no hacer publicidad aunque en el fondo la haga. No invierte un duro en imagen directa, que diríamos, todo es indirecto con ella pero terriblemente eficiente, de manera que cuando llega el momento, como ha ocurrido recientemente, basta que insinúe que está molesta con determinadas cosas, para que el mundo cambie a su alrededor desfilando al paso de la oca, como los chicos de la wehrmacht ante Hitler.
Los anticonspiranoicos, acostumbrados a buscar tres pies al gato con mayor celo y arrojo que los conspiranoicos de pura cepa, llevan desde ayer intentando cuestionar esa presunta relación que existe entre que Red Bull pidió por su boquita que endurecieran las gomas y Pirelli obraba el milagro de endurecerlas, en base a que con los compuestos new hard de la italiana, la que ganó fue Ferrari y la malparada en el Gran Premio de España fue precisamente la austriaca.
Tampoco le fue bien a Mercedes AMG (otra de las promotoras del cambio), hay que admitirlo, pero sincerémonos, al paso que vamos, la de Brackley necesita algo más que un poco de apoyo externo para remontar el vuelo. En fin, visto así, linealmente, como lo he escrito en el primer párrafo, hasta yo, que me las gasto de sospechar de todo lo que se menea, creería a pie juntillas que los descreídos nos fuimos de baretas conjugando la posibilidad de que el artificio de la milanesa beneficiara a los chicos de Milton Keynes, aunque una mirada al detalle de la prueba de hace unas hora me anima a reafirmar mis ideas preliminares.
Lo que hace casi un año era una simple sospecha [Pues va a ser que no] es a día de hoy una certeza incontestable. La calificación ha perdido importancia en la disputa de una prueba y cada vez es más habitual ver cómo durante los sábados los pilotos se limitan (es un decir), a jugar la primera mano de la partida sin que importe tanto quién es realmente el más rápido en pista.
Este nuevo valor estratégico de la fase de calificación se ha ido abriendo paso como de puntillas, pero en la actualidad supone un elemento clave para leer las carreras… si se pudiera leer algo, porque lamentablemente son demasiados los valores que cabe integrar en la ecuación para sacar en claro una estimación con sustancia y visos de acercarse a la realidad, y todo ello, gracias a un componente que antaño era una simple herramienta y hoy se ha posicionado como la diva de las pruebas.