Nos acercamos a la décima prueba de este mundial planteado a 20 carreras, y lo hacemos volviendo a Hockenheim, un circuito de los setenta del siglo pasado que ha pasado (valga la redundancia) por el taller de chapa y pintura que con la excusa del espectáculo y la seguridad, va desterrando nuestros viejos dinosaurios de la memoria esa que compartimos, para ser sustituidos por silenciosos agujeros negros.
Tranquilos, hoy no pretendo meterme con las tijeras ni con las manos que las manejan para cortarnos el pelo a la taza, en aras de que seamos iguales, simétricos, cívicos y limpios aunque no queramos, políticamente correctos, que diría aquél, y el otro, y el de más allá, en definitiva, cualquiera de los que tuvimos la fortuna de sentir la libertad cuando éramos chiquillos y la reconocemos todavía. No, hoy se trata de reflexionar sobre los bosques y lo que representan cuando los atraviesa una carretera. Mejor aún, cuando lo que les abre las entrañas es la pista de un trazado y por ella pueden insinuarse monoplazas o bólidos nacidos para volar sobre el asfalto.