Decía Francisco de Quevedo que «donde hay poca justicia es un peligro tener razón» y cabe aplicar la frase a nuestro entorno inmediato, concretamente a eso que llamamos deporte aunque no deje de airear sus mimbres más hediondos conforme van pasando los años, y el espectáculo ése que se busca con tanto ahínco desde hace siglos, ni asoma el morro ni las orejas, salvo que interceda en el milagro algún artificio que ingenió en su día un diablo cojuelo.
Total, que entre pitos y flautas se nos ha instalado el miedo en el cuerpo porque de aquí a que termine la temporada, las piedras de Pirelli se van a conjurar con Red Bull como la troika con Mariano, y ya se huele en el horizonte que podemos pasarlas bastante canutas.
A las declaraciones de Kimi Raikkonen de hace unas semanas, en las que el finlandés de Lotus exponía su inquietud ante la posibilidad de que la de Enstone no siguiera evolucionando el E21 más allá del verano, se han sumado recientemente las de Ross Brawn afirmando que más pronto que tarde, Mercedes AMG tiene que comenzar a concentrar sus esfuerzos en el vehículo del año que viene.
Ante este panorama cabría preguntarse qué demonios está sucediendo, o acaso en qué consiste la gracia de una temporada prevista a 19 pruebas que terminará si nadie lo remedia, cuando hayan transcurrido sólo la mitad de ellas, porque el equipo que no haya rascado nada para entonces, lo más seguro es que siga corriendo con lo que tiene y deje de meterse en berenjenales porque la prioridad está puesta en el horizonte y no a pie de pista, en el campeonato.
La situación de Mercedes AMG en este inicio de temporada está resultando extrañamente convincente. Por primera vez desde que la de Stuttgart volviera a la Fórmula 1 en 2010, previa compra de los bártulos de Brawn GP, el proyecto en su conjunto resulta creíble.
Bien sea por las chocantes salidas (Michael Schumacher y Norbert Haug), por las nuevas incorporaciones (Toto Wolf, Niki Lauda, Lewis Hamilton, etcétera), por los cambios de papeles en su seno (Nick Fry), incluso por todas estas circunstancias juntas, la sensación que ofrece en la actualidad la de las tres puntas es radicalmente diferente a las mostradas en sesiones anteriores, hasta el punto de que se podría hablar perfectamente de milagro.
Sin embargo, el milagro parece algo más prosaico en cuanto posamos la lupa en él. Buena planificación, mucho trabajo y organización, una adecuada elección de protagonistas y una pizca equilibrio, parecen ser los ingredientes esenciales para el renacer de Mercedes sobre los circuitos, tras décadas de ausencia en las que incluyo los tres últimos años.
Todo esto que digo y un nombre propio: Lewis Hamilton, un personaje que ha sabido, queriendo o sin querer, concitar toda la energía necesaria como para descabezar a los dragones funestos y plantar cara a un horizonte ante el cual sólo caben toneladas de trabajo para alcanzarlo. Y es que él, al británico me refiero, es el programa actual, el norte de la escudería, el paradigma de lo que hay que hacer en su seno, y hasta tal punto lo creo, que tomo como ejemplo para ratificarme, lo sucedido en Sakhir.
En China, recordemos, primaron las órdenes de equipo en la de Brackley. Hamilton iba débil en las últimas vueltas, protegiendo la mecánica y la cantidad de combustible, y Rosberg fue llamado a no inquietarlo. El asunto terminó bien porque Lewis se portó impecablemente en el podio y Nico dio noble acuse de recibo. Pero en Bahrein las tornas cambiaron. El chaval de Keke salía primero y terminó nono, y el hijo de Anthony, saliendo nono, acabó quinto.
No hay que tener dos luces para entender que la desaparición de Michael Schumacher ha resultado ser un revulsivo en Mercedes AMG Petronas. Ha sido que la sombra de Kaiser se haya evaporado para que hayan comenzado a ocurrir sucesos extraños. Rosberg anda caliente pero todavía en la fraja de tibio, mientras que Hamilton, acostumbrado tal vez a las fogosidades de su antigua escudería, McLaren, tira del equipo sin ser consciente de que lo hace.
No hay nada particular en el cuadro, salvo que Lewis no encaja en la foto pero está haciendo de sustancia aglutinante de un proceso en el que sólo interviene colateralmente, de manera que es el equipo, su nuevo equipo, el que se está acoplando a él, incluso en lo que atañe a su compañero.
Se mire por dónde se mire, la llegada del de Stevenage a la de Brackley/Stuttgart ha supuesto un acicate, un nuevo formato de entender las cosas que está dando frutos antes de lo que se esperaba. En este sentido, dudo mucho que Ross Brawn fuera totalmente consciente de lo que estaba haciendo cuando tentó al chico de Ron Dennis, pero sabiendo lo intuitivo que es el ingeniero que compró Honda por un Euro (eso se dice) para vendérsela a Daimler por varios millones de la misma moneda, previa consecución de un mundial de pilotos y constructores (2009), no sería de extrañar que lo hubiese olido en el aire y que hubiera apostado su propia vida profesional a una quiniela en la que las casas de apuestas pagarían 1 a 30 hace tan sólo unos meses.
Sea como fuere, tras cuatro carreras disputadas, Lewis es ya Mercedes AMG y ésta empieza a sentirse Hamilton, con lo que la tormenta perfecta está servida siempre y cuando el W04 acompañe, que doy por seguro que acompañará.
Si alguien me dice que hay que resolver una ecuación con un tipo que pasa por no cuidar las ruedas en una escudería cuyos coches las destrozan, y me propone un resultado en el que el primero consigue mimar sus neumáticos, sencillamente me caería de la silla. Y el caso es que la ecuación de los demonios no resulta nada descabellada en cuanto miras a Lewis a la cara y comprendes que no es aquél a quien malquisiste endemoniadamente, sino alguien bien distinto ante el cual te quitas el sombrero una vez y otra más, y las que hagan falta, desde hace ya tres años largos.
¡Joder cómo pasa el tiempo! En nada este blog cumplirá seis ciclos solares completos. Era agosto y había sucedido aquello que pasó en Hungaroring 2007 en el seno de McLaren. Y aquel gallito peleón que paseaba orgulloso su cresta y espolones por el paddock, ha ido perdiendo plumas y reponiéndolas, se ha roto el pico y las uñas en infinidad de ocasiones, sufrió heridas y supo restañarlas.
Las últimas participaciones de Felipe Massa están sembrando el pánico entre los tifosi. Felipe progresa en este 2013 de más a menos, en modo cangrejo, a razón de un puesto peor en cada carrera, que se dice pronto. Total, que en Melbourne el paulista se quedaba a las puertas del podio, en Sepang en el felpudo y en Shanghai en el rellano. De no corregirse pronto la tendencia, todo indica que lo vemos en el portal del edificio en menos que canta un gallo.
Después de su accidente en Hungría 2009, el brasileño de Ferrari retornó a los circuitos con fuerza, precisamente en el Gran Premio de Bahrein del año siguiente, donde quedó segundo por detrás de Fernando Alonso y por delante de Sebastian Vettel.
El incidente que protagonizó ayer, de nuevo, Mark Webber, el aussie, durante la disputa del Gran Premio de China, tenía aires de réplica de terremoto.
Después del asunto del poco caldo con el que corrió el australiano la Q2, circunstancia que le llevó a ser penalizado a ocupar la última plaza en la parrilla y en última instancia a salir del pit lane, lo de la rueda en el precipitado tercer stint del vehículo número 2 de Milton Keynes, sonaba a cuchufleta, a clavo mal puesto en un ataúd que se presupone al menos tan digno como la escudería que en apariencia nos había invitado al entierro.
Lo que ha sucedido en China con Webber es grave, no tanto porque haya podido sufrir un problema como sufren otros pilotos sin que se levante tanta polvareda —sin ir más lejos, ahí tenemos el pésimo funcionamiento del garaje de Force India en Sepang, o la salida en falso que protagonizó Button en el mismo lugar; o las enormes meteduras de pata a comienzos de la temporada pasada que tuvieron como vedette a McLaren; o las siempre tradicionales de Ferrari que hoy por hoy parecen desterradas, por fortuna, pero que en su día nos permitieron ver a Massa entrando a boxes para salir sin gasolina y tener que volver a entrar a la vuelta siguiente (creo recordar que ocurrió en Hungría 2007), o partiendo con lucecita verde después de su repostaje en Singapur 2008, pero con la manguera puesta…—, sino por su trascendencia.
Y es que aunque parezca que los equipos grandes permanecen ajenos a este tipo de circunstancias entre jocosas y lamentables, lo cierto es que también las sufren y a nada que escarbemos en la historia reciente de nuestro deporte, seguro que nos encontramos con multitud de anécdotas similares a las que acabo de narrar. Bien es cierto que la de hoy ha sido la primera vez en que hemos visto a la inmaculada y todopoderosa Red Bull cayendo en la emboscada de los comunmente llamados errores humanos, pero siendo honestos, hay que admitir que alguna vez tenía que ocurrir, ¿no?
Si algo tengo que agradecerle a RUSH a pesar del varapalo que metí ayer a la susodicha cinta en ciernes, es que va a estar firmada por un hombre de letras, por un tipo que estudió en la Escuela de Cinematografía de la Universidad del Sur de California sin llegar a graduarse.
Sólo a un individuo así se le podía meter en la cabeza materializar el miedo que sienten los pilotos o se presume que sienten, macerando en la pantalla la oscuridad amenazante que aplastaba el circuito de Fuji aquel 24 de octubre de 1976 en el que James y Niki se jugaban el campeonato al todo o nada.
A pesar de la inusual tranquilidad mostrada por el asturiano a comienzos de esta temporada, Fernando tiene ante sí una tarea complicada en la cita que reabre el calendario este próximo fin de semana en China.
Perdidos unos sabrosos puntos al verse obligado a abandonar en Sepang por rotura del alerón delantero de su F138, el bicampeón navega en la actualidad en la sexta posición de la tabla del Mundial de Pilotos, por detrás de todos los pesos pesados de la parrilla y de su propio compañero Felipe Massa (5º), y por tanto, necesita imperiosamente enmendar la situación antes de que termine la gira asiática que se cierra con el Gran Premio de Bahrein, que se celebrará el próximo 21 de abril, siete días después de que El Circo abandone Shanghai.
Seb es mardito como lo son Fernando, Lewis, Kimi o Michael (Jenson sólo lo fue en Honda). Ser mardito o hacerse pasar por él, va en la soldada de los buenos campeones del mundo (Jenson tendría que haber ganado su título con Honda y no con Brawn), de manera que plantear siquiera el malditismo de Vettel, su calidad de mardito pata negra, no es otra cosa que una cacofonía inútil, una reiteración tontorrona que sólo se le podría ocurrir a un departamento de marketing con poca lectura a sus espaldas y nula visión de horizontes.
Sea como fuere, y aunque en mi modestia lo prologué hace unos días, el marditismo de Seb, made in Red Bull, estaba servido antes de conocer que desde hace menos de una semana, lleva sembrándose en los mentideros de Internet, la especie de que a Seb le han dejado solo en Milton Keynes.