Andaba preocupado porque ya han sido dos personas las que me han dicho en las últimas semanas que soy capaz de dar la vuelta a la tortilla sin cortarme un pelo. La cosa me viene de lejos, soy el hijo de en medio de una familia de tres vástagos y he hecho de la flaqueza virtud, total, que aprendí bien pronto los rudimentos del sobrevivir a base de ofrecer otras perspectivas para observar las mismas cosas. Mago en aquello de ofrecer alternativas, con el tiempo me hice diestro en el arte de la dialéctica —vieja disciplina que hoy está en desuso—, sobre todo en mi época de universitario, donde había que sacar la cabeza en las asambleas sí o sí. Me dijeron que era carne de cañón, que no prosperaría defendiendo a débiles o persiguiendo quimeras —¡Juan Carlos, cómo me has hecho ésto que me has hecho hace unas fechas!—, y me lo creí, hasta el punto de que no es el día en que no me acuesto sin haber certificado que he perpetrado tres o cuatro locuras de las que debería arrepentirme si estuviera cuerdo…
Dicen que tocan malos tiempos para los de mi estirpe pero soy reacio a creérmelo, y más desde que esta mañana, tras casi un mes de hacer pellas a mi TBO de cabecera, El País, me he encontrado en la revista El Semanal a Javier Cercas diciendo así: «Eso es la ironía: la llave que abre las puertas de la verdad, descubriéndonos que ésta es casi siempre poliédrica, que las cosas pueden no ser sólo una cosa, sino una cosa y la contraria. Esto no lo entenderán nunca los fanáticos, y por eso los fanáticos siempre han detestado la novela.»
Poco a poco me voy acostumbrando al inevitable retorno. He bajado algo de peso, luzco un ligero bronceado que si tuviera haberes me permitiría pasar desapercibido en Billonaire, y me hace falta un corte de pelo. Por lo demás, me siento optimista aunque hoy, quien me trajo de la mano a todo esto haya tenido la sana ocurrencia de poner en evidencia, una vez más, que luchamos por algo que aunque permanezca lejos, siempre, por mucho que nos acerquemos, merece la pena el esfuerzo de alargar la mano simplemente por recordar alguna vez que tuvimos agallas para intentarlo.
Hoy tocaba deshacerse de las cadenas con las que nos rodeamos día sí y día también, y pensando en Omar y en el ¡olé sus huevos!, me ha venido a la cabeza la Mercedes que vino para comerse el mundo apoyándose en el éxito conseguido por Ross Brawn en 2009, la que sacó a Michael Schumacher de su retiro para tentarle con la idea de que el mundo no se había acabado para él, y la misma que ha sido capaz de emborronar su historia en una aventura que siendo sincero pienso que olvidaremos pronto.
Técnicamente, la activación del DRS (Drag Reduction System) en un monoplaza, significa que el alerón trasero pierde una buena cantidad de la carga aerodinámica que puede generar, por un lado, y por otro, que reduce drásticamente la resistencia al avance del vehículo, de manera que la conjunción de ambas circunstancias hace que éste gane una interesante cuota de velocidad punta —lógicamente, el cachivache resulta adecuado para ser usado en rectas, porque en zonas viradas el coche necesita apoyo aerodinámico y sería suicida no contar con él—.
Deportivamente hablando, el DRS supone que una vez activado, el vehículo que lo está usando puede dar caza con relativa facilidad a un rival que se encuentre por delante a una distancia igual o menor a un segundo.