Si la belleza puntuara en F1, daría ex aequo el campeonato, y ahora mismo, al STR8 de Toro Rosso y al FW35 de Williams que ha sido presentado hoy mismo en el cirtuito de Montmeló, al inicio de los segundos entrenamientos oficiales de pretemporada. Y su tuviera que deshacer el empate técnico, aunque confieso que pestañaría un poco, también admito que seguramente me decantaría por la máquina de Grove para este año.
Dicho lo cual, el monoplaza de Williams es el último de los participantes que hace acto de aparición, oficialmente, se entiende, con lo que podemos par por cerrada la parrilla 2013 constatando que como se preveía, las líneas maestras de la práctica totalidad de vehículos coinciden.
Sí, ya se sabe, el amor salta por la ventana.
A raíz de lo que escribí ayer a cuenta de las palabras vertidas recientemente por Martin Whitmarsh, me dio por mirar hacia esa escudería por la que siempre he tenido un apego especial y sobre la que he escrito un buen puñado de entradas bastante melancólicas, tengo que admitirlo, ya que si existe un equipo que vive la actualidad estirando su abultada y laureada tradición, ésa, sin duda y más allá de McLaren y Ferrari, se llama Williams.
Williams es uno de esos magníficos ejemplos que me hacen pensar en que lo que ocurre dentro de la F1 es aplicable con puntos, comas y comas y puntos, y acaso con algún que otro punto y seguido suelto, a eso que llamamos realidad, porque después de sacar a subasta los habitáculos de sus vehículos para tener dinero suficiente como para disponer de un buen monoplaza, ahora que lo tiene, de lo que carece es precisamente de pilotos que sepan estar a su altura.
El FW34 ha salido bueno y a fe mía que no lo imaginaba. La operación de limpieza de casa que originó la salida de Sam Michael la temporada pasada, no me dio buena espina. La llegada de Coughlan y la jubilación de Head tampoco ayudaron a resolver mis cautelas, lo mismo que la patada en el culo que dio la de Grove a Rubens Barrichello, a finales de la sesión 2011.
Correr en Mónaco tiene mucho de 7 de julio pamplonica (disculpadme la foto, pero es que tengo tarde de tomarme todo un poco a chufla). Decía que con tanto guardarraíl y tanta acera, con tanto muro y tanta protección, los monoplazas se pueden dejar en Monte-Carlo alguna pegatina que otra en el lugar más inesperado, porque a poco que los pilotos pierdan algo de concentración o apuren demasiado una frenada o un giro de volante, al igual que les pasa a los mozos en la curva de Estafeta, ya se pueden encomendar a lo más alto porque en estas cosas no suele caber ninguna vuelta atrás.
Mónaco es así, estrechito y ratonero. Con él no se juega. Todo lo que tiene de envoltorio magnífico (el glamour, la belleza arquitectónica, el glamour de nuevo, el puerto y los aficionados, el glamour otra vez…), lo tiene de jodido, de manera que hay que jugársela a salir lo más delante posible desde el mismo sábado, al estilo de los que hacen noche a las puertas de Harrods para asaltarlo el primer día de rebajas, porque de otra forma, el asunto de adelantar se pone muy cuesta arriba salvo que medie una muy inteligente estrategia que permita ganar terreno en vez de llevar al piloto a naufragar en mitad del inevitable tráfico. De manera que alcanzar la pole adquiere una importancia inusitada en El Principado.